A mí también me obligaron a ir a la escuela

“Cuando seas grande me lo vas a agradecer”, “es por tu bien”, “te aburrirías mucho si no fueras”, “muchos quisieran ir y no pueden”. Estas frases las repitieron y las repiten hoy, miles de madres y padres mexicanos que buscan, sin mucho éxito, animar a sus bendiciones a ir a la escuela.

Médicos, políticos, investigadores, escritores, ingenieros, y toda clase de profesionistas, se formaron en las aulas, más por fuerza que de ganas. Nadie se imaginaría que ese mocoso que varias veces tuvo que ser arrastrado para entrar a la primaria, hoy es un juez respetable de alguna corte.

La verdad nadie quiere ir a la escuela. Las escuelas están hechas para que uno tenga flojera de ir, para que te quedes dormido sobre la mesa, para que se te olvide la cartulina y para que a tu mamá le dé un ataque cada que entregan calificaciones.

Si eres un mexicano promedio, de esos cuya inteligencia no es demasiado destacada, probablemente pasaste de noche por la educación básica; manualidades inútiles para el 10 de mayo, “Policías y Ladrones” en el recreo, y el clásico maestro de educación física cuya obesidad mórbida sólo le permitía gritarte desde su asiento.

Ya si fuiste un niño más pudiente, la escuela privada te permitió cantar Pollito-Chicken, sin que eso influyera en algo en el crecimiento de tu cerebro.

Al menos en el sistema educativo tradicional, difícilmente pasar ocho horas diarias sentado, calentando una banca, cambió en algo tu destino o te aportó más recursos para la vida.

Nadie niega que la infancia es divertida, tener amigos, jugar, pelear y hacerte el loco para evitar la tarea, son momentos que recuerdas con alegría cuando eres adulto, aunque no por eso te gustaría regresar a hacer multiplicaciones, a cantar el ABC y a hacer la tarea de geografía.

Lo que más nos arde

La escuela es un mal necesario, una especie de cárcel que los adultos inventaron para no tener que soportar a los niños; las mamás se van al cine, los papás juegan fútbol y las muchachas bailan, mientras los escuincles del demonio ven su infancia pasar, desde las ventanas de sus salones.

@ElArdidisimo

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