Me too

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Cuando ves historias impactantes en televisión o en el periódico, nunca crees que te va a pasar a ti, te sientes libre, única y especial, inmune a las cosas que suceden en la calle. Eso, hasta que un día la vida te enseña que eres vulnerable, como todas las mujeres que viven en México.

Mi rutina diaria incluye salir a correr a un parque solitario todas las mañanas. Muchas mujeres me dirían que es un riesgo hacerlo, sin embargo, nunca me ha importado demasiado y lo hago feliz, me siento libre y dueña de mis pasos.

Luego hago una ruta por la ciudad, como lo hacen millones de habitantes de la Ciudad de México, para seguir el resto de mis actividades diarias. Suelo hacerlo segura, veloz y sin miedo a seguir adelante.

Esa mañana me subí al Metro, en una hora en la que suele estar atascado de personas. Me quedé parada frente a la puerta y recuerdo que cantaba algo, tenía los audífonos puestos y mi mochila encima.

En algún punto, el Metro se detuvo, estaba ahí detenido mientras en la calle el mundo seguía corriendo. De pronto sentí una mano recorriéndome el trasero, esa misma mano me apretó fuerte, no tuvo compasión alguna en manosearme libremente, hasta que grité.

Sentí tanta molestia con ese hombre, tanto enojo por haberme invadido, que lo exhibí frente a todos los que estaban ahí, le reclamé por el derecho que yo creía tener sobre mi propio cuerpo, ¿por qué había decidido sobre mí?, ¿quién le dio permiso de tocarme siendo yo una mujer libre, empoderada, independiente y feliz?

Supe enseguida quién era el acosador, un pobre cobarde que no me sostuvo la mirada cuando lo cuestioné. Era todo el rostro de una educación pobre, machista, violenta y denigrante.

Luego vino la policía, más gritos y lo vi de frente, era un acosador clásico, hombre solitario que va por ahí buscando pasajeras para tocar, jóvenes y niñas que tengan cara de no protestar.

Yo sí protesté, grité, reclamé, alcé la voz y creo que hice un poco de justicia por las siete mujeres que a diario denuncian acoso, en el transporte público de la Ciudad de México. Yo tuve con qué hacerlo, a mí no me educaron con miedo, sino con valor, me enseñaron que la única defensa real es la que una lleva en la mano y que, como mujer, tienes que hacerte oír.

Lo que más me duele

¿Pero qué pasa con todas las que no denuncian?, me pregunto: ¿qué sucede con quienes no comprenden que el cuerpo es propio, aquellas que por miedo o por vergüenza se callan, permiten que las lastimen y enseñan a sus hermanas o hijas a callar también, ante el abuso de un macho?

No lo culpo a él de ser un acosador, él también es una víctima de una educación deficiente, de una familia desintegrada y de una cultura que obliga a los hombres a propasarse para sentirse viriles.

Sí culpo al sistema, una cultura cada vez más violenta que, bajo el pretexto de la hostilidad, nos tiene atados a todos, hombres y mujeres, y quiere educarnos a golpes y a balazos.

El proceso sigue, yo no tengo miedo y nunca lo tuve, ni siquiera cuando lo enfrenté mirándolo a la cara. Pero sí me angustia que el machismo sale por las coladeras, las cifras no mienten y el acoso no disminuye. ¿Por qué tiene que haber víctimas para sacar a los acosadores de las calles?

En su momento le pregunté si tenía madre, abuela o hermanas, mujeres que como yo seguro también salían a la calle a hacer sus vidas y quizá, en algún momento, podían convertirse en juguete de un pervertido como él.

No voy a dejar de salir, no voy a dejar de usar el Metro, y tampoco voy a cargar una pistola para matar al próximo idiota que se sienta con derecho a tocarme las nalgas. No lo haré, porque eso sería darle la victoria a todos los machos mexicanos de este país, hacerles creer que tienen razón y las mujeres deberíamos estar en casa cocinando, limpiando mocos y pudriéndonos el cerebro.

Por el contrario, luego de lo que me pasó, salgo a la calle con la frente en alto, me digo a mí misma que no tengo miedo y quiero creer que con esto les demuestro, que todas las mujeres mexicanas somos dueñas de nuestro camino, de nuestras rutinas y de la felicidad que creamos para nosotras mismas; yo sé que soy dueña de salir a correr, de ir a nadar, de viajar diez mil estaciones de un lado a otro de la ciudad, de ponerme la ropa que yo quiera, de regresar a casa en la madrugada o de salir borracha de un bar, con la tranquilidad de llegar a mi cama sana y salva.

Quizá si todas las mujeres de este país salieran a la calle con la frente en alto, y reclamaran su derecho a vivir felices, tranquilas y seguras, los acosadores se quedarían en casa y dejarían sus malas intenciones, embarradas en las revistas pornográficas.

@ElArdidisimo

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