Los jefes que más nos arden

¡Siempre es lo mismo, inútil! ¡No puedo confiar en ti!  ¿Qué tienes en la cabeza?  ¡Maldita
la hora en que te puse a trabajar conmigo! No hay errores que justifiquen ofender a un trabajador. Con un contrato laboral vendemos nuestra capacidad de trabajo, no nuestra dignidad. El error es que, a menudo, autoridad se confunde con autoritarismo. Los verdaderos líderes construyen su autoridad sin prisa y sin pausa: con hechos y conductas que inspiran confianza entre su gente.

La persona con autoridad no necesita imponerse prepotentemente, y jamás se le ocurriría maltratar a sus subalternos. Al contrario, los cuida, los estimula, los respeta. Los autoritarios, en cambio, suelen ser personas inseguras, con incapacidad para desempeñar el puesto que ocupan. Les queda grande. Entonces, para esconder sus limitaciones, para disimularlas, apelan a la prepotencia, a la humillación, al grito desaforado.

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Justamente, como se trata de seres débiles, el autoritarismo es la máscara que utilizan para manipular e inspirar miedo. Hoy, pese a que se fueron imponiendo cambios en las relaciones jerárquicas entre jefe y empleado, se sigue practicando un modelo de gestión antiguo, anacrónico: el de gerente-capataz. Es decir, el subordinado acata la orden de su superior y la ejecuta.

El jefe prepotente es autócrata, no consulta, no delega poder en sus subordinados, ni da lugar a la participación y aportes en la toma de decisiones relativas al trabajo. Las actuaciones pobres de sus subordinados y hasta los pequeños errores dan lugar a la crítica sarcástica, hiriente y grosera del jefe. El miedo que los empleados tienen a su superior, provoca con el tiempo estrés laboral, insomnio, cansancio, falta de concentración en el trabajo, dolores frecuentes de cabeza, buscar alivio en el alcohol, lo cual afectará aún más la convivencia con el jefe.

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El jefe prepotente, para justificar su conducta, alega que los trabajadores son perezosos por naturaleza, haraganes, indisciplinados, descuidados en su trabajo, pierden el tiempo conversando o chateando, por lo que necesitan de mano dura para corregirlos, y todas estas manifestaciones negativas, nos hacen pensar que los jefes prepotentes no son los que logran los mejores resultados, más bien afectan la producción y el bienestar o salud mental de los trabajadores.

LO QUE MÁS NOS ARDE

Es precisamente que nos traten como animales o retrasados mentales, y es que todos hemos pasado por un jefe así de prepotente y autoritario; de por sí trabajar en equipo es un desafío que debemos enfrentar, y no es tarea fácil para quienes hemos sido formados en una sociedad, que pone el acento en el individualismo egoísta, y en la competencia entre las personas. ¡Por favor, somos personas, merecemos que nos traten bien!

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@ElArdidisimo

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