La carencia económica y su impacto en la salud mental

La carencia económica y la pobreza no solo significan no tener dinero para cubrir necesidades básicas como comida, vivienda o ropa, sino que también afectan profundamente el bienestar emocional de las personas. Cuando alguien vive con pocos recursos, enfrenta preocupaciones constantes por poder satisfacer lo esencial, lo que puede generar altos niveles de estrés, ansiedad y sentimientos de desesperanza, y con el tiempo puede desencadenar trastornos como depresión y ansiedad. Este estrés constante no es solo “preocupación normal”, sino una carga emocional continua que desgasta y altera la forma de pensar y sentir de quien lo vive.

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Además de la angustia por la falta de recursos, la pobreza limita el acceso a servicios de salud mental y atención médica en general, lo que hace aún más difícil recibir tratamiento cuando aparecen problemas emocionales o psicológicos. En muchos lugares, la escasez de profesionales y la falta de infraestructura impiden que quienes más lo necesitan puedan hablar con un especialista o recibir apoyo adecuado. Esta desigualdad socioeconómica también está relacionada con una menor protección de derechos humanos en salud mental y una brecha en la atención comparada con otras enfermedades, lo que empeora la situación de quienes ya están en riesgo.

Las condiciones de pobreza no solo afectan de forma individual, sino que también se entrelazan con factores sociales como la violencia y la inseguridad, aumentando la probabilidad de experimentar traumas y problemas psicológicos. Esto se observa especialmente en comunidades donde hay altos índices de desigualdad y falta de oportunidades, lo que contribuye a un ambiente emocional pesado y con pocas posibilidades de recuperación.

Por ello, es importante reconocer que la carencia económica y la salud mental están conectadas: la falta de recursos no solo restringe el acceso a lo material, sino que también provoca una carga emocional constante que puede deteriorar la tranquilidad, la autoestima y la salud mental de las personas. Abordar este problema requiere asegurar acceso a servicios de salud, apoyo social, oportunidades educativas y laborales, y políticas públicas que reduzcan las desigualdades para proteger el bienestar emocional de toda la población.

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