Uno de los desafíos más grandes que enfrentan las nuevas generaciones es el incierto panorama de las pensiones. A diferencia de sus padres o abuelos —quienes accedieron a un sistema de retiro con condiciones más favorables— los jóvenes de hoy viven una realidad laboral marcada por la informalidad, la incertidumbre, los bajos salarios y una creciente precarización del empleo. Esta situación compromete directamente su capacidad para cotizar de forma constante en los sistemas de seguridad social y, en consecuencia, para aspirar a una pensión digna en el futuro.
¿Antes todo era mejor?
La transformación del sistema de pensiones en México a partir de 1997, que sustituyó el modelo solidario a uno individual gestionado por las Afores, ha generado una percepción de desconfianza entre los jóvenes. Actualmente, la jubilación depende exclusivamente de lo que cada trabajador haya podido acumular en su cuenta individual, sin importar las condiciones del mercado laboral o los periodos de desempleo.
Esto representa un enorme reto para millones de personas que no logran mantener una trayectoria laboral estable ni con ingresos suficientes. De hecho, la mayoría de quienes hoy tienen entre 20 y 35 años enfrentan largas etapas de informalidad laboral, con empleos mal remunerados, sin prestaciones ni acceso a seguridad social, lo que impide realizar aportaciones constantes a sus fondos de retiro.
Por otro lado, existe la comparación inevitable entre generaciones. Quienes comenzaron a cotizar bajo la ley de 1973 podían retirarse con solo 500 semanas cotizadas y recibir una pensión basada en el promedio de sus últimos cinco años laborales. En contraste, quienes cotizan bajo el régimen actual requieren al menos 1250 semanas y una acumulación significativa en la cuenta individual para alcanzar una pensión equivalente. Los jóvenes no solo deben trabajar más tiempo, sino que además ganan menos y tienen menos oportunidades de estabilidad laboral, lo cual afecta directamente la posibilidad de una pensión digna.

Según diversos estudios, un joven que logre cotizar de manera continua durante 30 años, deberá retrasar su jubilación hasta los 71 años para alcanzar una pensión similar a su último salario. Solo quienes consigan cotizar durante 40 años podrán aspirar a retirarse a los 65 años, lo que plantea un escenario sumamente exigente y poco realista para la mayoría.
En un contexto donde la informalidad sigue siendo la norma, las cotizaciones son intermitentes y las condiciones salariales son desfavorables, pensar en un retiro digno se vuelve una meta lejana, casi inalcanzable.
El sistema actual no solo representa una carga financiera para las personas, sino también es un factor que alimenta la incertidumbre y la frustración entre los jóvenes, quienes ven cómo el sistema ha cambiado para mal y en su contra. Lejos de representar una garantía de seguridad para el futuro, las pensiones se han convertido en una preocupación constante que refleja las desigualdades estructurales del mercado laboral. Sin un cambio profundo en las políticas públicas y en el diseño del sistema de seguridad social, millones de jóvenes enfrentarán la vejez con pensiones mínimas o, en el peor de los casos, sin ninguna protección.
Fuentes: